El arte de la resurrección, Hernán Rivera Letelier. - Mariana lee

jueves, 3 de agosto de 2017

El arte de la resurrección, Hernán Rivera Letelier.

Amén.

Este año me propuse leer todos los libros ganadores del premio Alfaguara hasta la fecha. El arte de la resurrección es el triunfador del año 2010 y qué buena elección.

Cuenta Cervantes que de un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiere acordarse, salió un caballero con ánimos de enderezar al mundo. En 1942, el Cristo de Elqui salió por Chile a recorrer el desierto, pese a las burlas y las amenazas, a predicar el fin del mundo y que él es, nada más y nada menos que la reencarnación de Jesucristo.

Letelier ha sido capaz de resucitar a la famosa figura del Cristo de Elqui, un Cristo de ficción que al mismo tiempo es real, que se dio a conocer entre los años cuarenta y cincuenta, a través de sus prédicas sobre el fin del mundo por todo Chile, donde hablaba en contra de la doctrina eclesiástica del celibato, viendo en la abstinencia sexual una aberración, en busca de su María Magdalena, que “fornicara de todo corazón y sin remilgos”.

En esta obra, el autor introduce a un personaje de carne y hueso, cuyo verdadero nombre es Domingo Zárate Vega, un personaje real, que ya forma parte de la tradición popular y de la jerga Chilena. Letelier resucita al quinto evangelista en las minas de salitre del desierto chileno de Atacama y es galardonado con el Premio Alfaguara, donde deja demostrado que es un maestro en la utilización de distintas formas narrativas que se entrecruzan, donde introduce una mezcla entre lo culto y lo popular, con cambios repentinos de tercera a primera persona, resucitando las palabras en desuso, a lo que expresó que “Gran parte de la literatura moderna sólo es mirarse el ombligo hasta el cansancio, lo que yo reivindico es contar y escuchar historias”.

Letelier parte de la experiencia de ser hijo de un predicador evangélico, a quien dedica la novela, y con la dura vivencia de haber sido obrero de las salitreras durante treinta años. Debido a su conocimiento vital y de trabajo, sabe muy bien y de cerca todo lo que conlleva el paisaje desértico y sus gentes, lleno de espejismos que propician desde el exceso hasta la locura, que le genera al escritor un excesivo sentimiento crítico, pues afirma que “lo único que tiene un crítico para juzgar una obra es la cabeza, pero una novela se escribe con la cabeza, el corazón, las tripas y los cojones”, en conjunto con una ambición porque “¿Para qué escribir si no es para hacer una obra maestra? Que salga o no”; a la vez que aclara sus referencias y preferencias literarias, pues su Atacama es para él su Comala, su Macondo y cualquier paisaje de la literatura universal; dentro de un contexto sumamente duro, pues “es imposible hacer una novela rosa sobre la pampa”, porque los mineros eran explotados, el clima es una mierda y el paisaje es estéril, dentro de la salitrera La Piojo, “una de las salitreras más pobres y menoscabadas por las que había paseado su silueta mesiánica”, donde el Cristo estaba en huelga, en lo que a él le gustaba llamar el paraíso (“Si en algún pueblo del mundo sus habitantes se pueden ir a dormir sin cerrar la puerta de su casa, están en el paraíso”).

El arte de la resurrección se extiende de una resurrección a otra (falsas todas), que nos introduce a un personaje fieramente humano, patético y ridículo, que llega a agarrar el látigo a sacarse los mocos dentro de la zozobra espiritual, que transita entre la lucidez y la locura, en una mezcla entre don Quijote y Sancho, con un gran sentido del humor, lleno de los huecos más profundos de la situación social y su condición psicológica, en conjunto con Magalena Mercado, una “puta bíblica” a quien quiere convertir en su discípula y amante, que, al igual que el Cristo, acaba siendo igual al Quijote, derrotado en sus ideales, distante y tierno, lleno de soledad y desamparo, separados uno del otro, con don Anónimo y su muerte de por medio, viviendo solo de recuerdos pasados y desolación, palideciendo ante los nuevos inventos con los que ha triunfado el Anticristo, enmarcados en la soledad del desierto, esa mortaja de sal, con la pampa como verdadera protagonista, a pesar de todo el uso del Cristo de Elqui, como llanura ardiente, que juega como aliada y antagonista de los personajes y que es la inmensidad en su máximo esplendor, lugar de espejismos y visiones, lleno de delirios y extenuación, con un “un pobre campesino rústico dándoselas de profeta elegido por el Altísimo”.

Además, todo está narrado bajo un soterrado sentido del humor negro,  donde el sentimentalismo se diluye ante el racionalismo, con opiniones sensatas que conviven con posiciones disparatadas, atacando al celibato, a los curas, el comunismo y defendiendo a los obreros y los individuos más desdichados, utilizando una prosa ágil que se mantiene incluso cuando el Cristo ya ha perdido el fervor popular, construyendo una novela que nos traslada a un pasado que no está tan lejano a nuestro presente moral.

En definitiva, una novela que nos entretiene con personajes entrañables e historias que nos recuerdan la universal capacidad del ser humano para maravillar (se). Una de las mejores novelas del escritor, donde introduce a reencarnaciones de Jesucristo, putas llenas de alma que aluden a la virgen, anónimos y desiertos que juegan un papel protagónico. Un libro más que recomendable, que añade esa nostalgia a las salitreras de antaño, en conjunto con un enfoque distinto al Cristo de Elqui y sus plegarias.

Y que dios nos agarre confesados.

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