Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez. - Mariana lee

lunes, 12 de junio de 2017

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez.


Por fin reseño algo de una tocaya mía.

Éste libro me ha encantado y fue uno de los que seleccioné para el top de los mejores libros publicados en el 2016 en el que participé con mi querida gente de Digo Palabra. Me encantan las antologías, y en éste caso estamos ante doce cuentos cargados de terror, a manos de una argentina que garantiza un genuino conocimiento del tema, con múltiples referencias que reiteran su formación y talento.

Yo no soy mucho de terror, pero Las cosas que perdimos en el fuego me ha encantado. Anagrama nunca defrauda y éste libro es la prueba de ello. Enriquez se adentra en una cantidad de variedades del horror contemporáneo dentro de una gran cantidad de escenarios reconocibles. Pasamos de presenciar la violencia en lo rural hasta verla en la gran Urbe, todo dentro de la bella Argentina y de una cotidianidad sumamente real.

Con una prosa bien fluída, muy al estilo de la crónica peridística, Mariana involucra al lector en la realidd del escenario y así él acepta con mayor facilidad la intervención de lo irreal. Cuando quiebra esa normalidad inicial, surge una fractura que horroriza, de la que es imposible escapar y apartarla vista.
En todos sus relatos, hay una cierta inclinación a las desapariciones, en vez de a los aparecidos. Además de una predonimación de chicas jóvenes, que narran la historia en primera persona y que casi siempre van cayendo en un desequilibrio psicológico. Cuando los relatos tienen que ver con una época pasable, las marcas temporales son muy concretas, refieren a épocas como los setenta y ochenta, con rasgos sumamente marcados, dentro de atmósferas que propician el horror, con imágenes que construyen pequeñas distracciones, que nos predisponen para el escalofrío y que exponen una verdadera fuente de miedo, a la que cada cuento llega en el clímax.

En Las cosas que perdimos en el fuego, Enriquez toma ciertos puntos interesantes dentro de la literatura de terror ya conocida. Por ejemplo, en “El chico sucio” se aproxima a la literatura de fantasmas, a partir de una historia centrada en un niño de la calle y cómo se relaciona con su vecina de clase alta. La violencia en las calles de Buenos Aires, bien truculenta, y la pobreza extrema, la dan un toque de identidad durante todo el relato. Asimismo, en “La hostería”, manteniendo la misma sensibilidad y ecos fantasmales, la autora nos habla de amor, política y venganza. Y aunque no es terror que provoque gritos, chillidos y pesadillas, si te hará pensar y te mantendrá con la cabeza ocupada y perturbada. Ver el terror en el cine es mucho más fácil que hacerlo de manera escrita, es por ello que impresionarse al leerlo es mucho más difícil: todo depende de tu imaginación y perspectiva, depende de ti. Así que la labor de Enriquez era mucho más difícil y a mi, que me ha impresionado un par de veces, me parece importante recordar, reiterar y alabar esto.

En “Los años intoxicados”,donde hay una bella metáfora sobre el tema de la poseción que recuerda a una historia de vampiros, combinada con la crisis económica, y en “La casa de Adela” donde vemos el popular tema de los poltergeist, las casa embrujadas, reintentados y desde una óptica nueva el libro terminó de convencerme. Aquí se adentra en eso que llaman terror psicológico, manipulando al lector hábilmente para infundirle el sentimiento que busca: miedo, un miedo que juega con tu cerebro.

En “Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”, nos encontramos, sorprendentemente a pesar del infantil título, con la historia de Cayetano, un asesino de 9 años que habita en la Argentina de inicios del siglo XX, abordado indirectamente, a pesar de que la presencia de Petiso es bastante intensa como para que la elipsis final pueda ser interpretada en el más macabro de los sentidos. Con “Tela de araña”, vuelve a quedar demostrado que en sus relatos suele ser más importante lo que se calla y queda ahí, a la interpretación y criterio del lector, flotando en el aire, que lo que se dice. Las desavenencia matrimoniales, la visión negativa de la figura masculina y la idea del asesinato a su marido son algunos de los temas que rondan por éstas magníficas historias.

En “Fin de curso”, uno de mis favoritos, se profundiza en los desórdenes mentales de una chica que se autolesiona. Le sigue “Nada de carne sobre nosotras”, que también incursiona en estos desórdenes psicológicos que acechan por ahí hoy en día y de los que internet está plagado, en éste caso esla anorexia, y a partir del hallazgo de una calavera, la protagonista sueña con la idea de reconstruir un esqueleto entero. Y entre lo irónico y lo escalofriante, la ironía sutil plaga sus relatos, como en “El patio del vecino”, catalogado como uno de los mejores, nos presenta los conflictos cotidianos de una pareja, ella depresiva y con tendencias alucinatorias y él con prejuicios ante la labor de los psiquiatras, por lo que no le permite ponerse en manos de ningún terapeuta, aquí la realidad y la ficción, la locura y la cordura se confunde hasta hacernos dudar de absolutamente todo, con un horror magistral.

Ya en “Bajo el agua negra”, la autora se entremete en los barrios marginales, con bastante miseria, delincuencia y corrupción y nos habla de la contaminación del medio ambiente y los fatales resultados que ésto trae. En “Verde rojo anaranjado”, una historia memorable, nos introduce en los hikikomori (que yo no conocía), que son adolescentes que se ven abrumados por lasociedad y que no son capaces de cumplir los roles sociales que esperan de ellos y que, por ende, se aislan) y nos cuenta la historia de un chico que no sale de su habitación, a causa de la comunicación y el uso del internet. Ya por último, tenemos a “Las cosas que perdimos en el fuego”, el relato que cierra y que la da nombre a ésta antología, donde se toca de lleno el tema de la violencia de género y la idea del suicidio mediante el fuego. Sumamente interesante, me ha encantado y es uno de los mejores del libro: completamente brillante.

Mariana Enríquez es el vivo reflejo de que los escritores hispanoamericanos actuales son herederos de una tradición que se ha gestado por años, dentro de éstas extrañas, horrorosas, maravillosas, absurdas y bellas historias, se halla una gran base dentro de los clásicos latinoamericanos, la influencia de grandes Cortázar, Borges, Rulfo, así como de otros internacionales como Poe y Lovecraft (sobretodo las obsesiones de éste último) es evidente. Si leemos atentamente, notamos la capacidad de síntesis que tiene ésta mujer, pues reúne todo lo que aprendió leyendo de éstos grandes escritores , conjugándolo con su voz propia, haciendo una antología fabulosa que la ha llevado a ser considerada una de las voces más potentes de la literatura argentina e hispanoamericana.
El ambiente, siempre tan intranquilizador, es el punto que más me ha gustado. Los escenarios parecen precarios y destartalados, con personajes incompletos en algún sentido. La palabra dolor está durante todo el libro, llega a ser inclusive sordo, que encuentra cualquier recoveco para salir por cualquiera de nuestros poros. Es el resultado de rozar la locura de los personajes, el lado peligroso de todos nosotros, dentro de una ciudad que guardan un montón de secretos en su interior que no queremos mirar, pero que Mariana Enriquez nos enseña de frente.

Con un fuego abrasador que cala hondo en nosotros, Enriquez nos introduce en situaciones que estremecen la piel, el alma, que nos llevan a la locura, o a la realidad que no deja de ser una variación e a misma ¿quién está más loco? ¿quién tiene la potestad de decir que a leer no podemos encontrar lo reconocido en lo que no queremos nombrar? ¿qué tiene la realidad que nos acaba hipnotizando como éstos cuentos? Al verse reflejado, al comprobar lo que el ser humano puede hacer o dejar de hacer, en una especie de misión suicida que sucede cada vez que abrimos un libro, que sufrimos, de alguna manera, cada vez que una lectura se posa frente a nosotros. Con Las cosas que perdimos en el fuego sucede exactamente lo mismo, sin haberlo pensado detenidamente, nos encontramos dentro de un mundo que no podemos dejar de observar. Mariana nos sumerge en una especie de hipnotismo sin poder evitarlo. Desde personajes a los que odiar, locuras que nos pertenecen, que nos recorren en forma de escalofrío y de las que intentas huir pero que terminan acercándose más. Con Lo que perdimos en el fuego, me he convertid en una fiel devota de lo escrito y lo que no se dice, por ese intervalo imaginativo en el que la realidad y la ficción se rozan, sin llegar a convivir. Ella reproduce los fantasmas que atormentan y han pasado por sus vidas, y a través de sus letras deja pequeños cuchillos que calan hondo, y que dejan marcas perpetuas.

Su escritura es sumamente auténtica y perspicaz, y evoca una realidad mas vívida que la que nos rodea, con tramas truculentas, que abordan mediante el terror, cuestionas mucho más complicadas como la culpa, la sugestión, las relaciones de pareja, las clases sociales, la historia argentina e inclusive el patriarcado. Aquí aborda el terror más allá de como género literario, como una extrañeza cotidiana y desvío de la norma, con personajes persistentes, casi siempre mujeres, con voces algo burlonas, que se entremezclan con sus parejas, niños problemáticos y huérfanos, que se reiteran por todo el libro, sus personajes sucumben al entorno por empatía, entre la culpa y la compasión, con un observador sugestionado, porque lo terrorífico ocurre a cierta distancia de quien lo cuente, siendo tan verosímil como las desigualdades que se tratan dentro de éste libro, desmontando su objetividad.

Leyéndola se pasa mal, se siente miedo, angustia y terror, pero se aprende, dentro de sus relatos siempre hay detalles que van más allá que el contexto de historia de terror que tienen, y que a veces dan mucho más miedo que el mismo entorno oscuro. Leyéndola se aprende, ella busca incomodar al lector, mediante el crudo y desadornado retrato de la sociedad, junto con elementos fantásticos propios del terror, dentro de un plano realista y con situaciones cotidianas, y lo consigue, construyendo una colección de 12 relatos magníficos, empujadas por el terror, el misterio y el realismo sucio.

El terror funciona en conjunto con una buena saturación de indicios dispuestos con sutileza ante la realidad, que sustenta lo verosímil. Eso sí, la sutileza la abandona en el momento del martirio, no escatima en detalle ni truculencia. Lean éste libro un sábado por la madrugada, después de las campanadas, sólos en su casa, a puerta cerrada y después hablamos si da o no miedo. En definitiva, un libro increíble, lleno de terror, que no pueden dejar de leer y que viene a manos de una de las mejores voces de la literatura argentina y latinoamericana en la actualidad. Terror, miedo e intriga llenan a éste libro de un aire diferente, con un horror actual y cotidiano que me ha encantado y que recomiendo encarecidamente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario