Como agua para chocolate, Laura Esquivel.

lunes, mayo 22, 2017 Mariana Teresa Garcia Escobar 0 Comments

Mi Laurita.

Con “Malinche”, Laura Esquivel se ganó mi corazón. Tenía que leerlo para mi clase de Literatura en el colegio y lo cierto es que, como de costumbre, terminé amándolo y se fue directo a mi top de favoritos del 2016. Quedé con el pique de probar más de la mexicana, y Como agua para chocolate, su novela más famosa, parecía la opción más oportuna para ser mi siguiente lectura.

Lo cierto es que tal y como el año pasado, Esquivel vuelve a tener un espacio en mi top de favoritos, porque ésta novela me ha fascinado. Es simplemente increíble la manera en la que la literatura y la cocina se entremezclan, formando una novela compacta genial, que no pueden dejar de leer, que guarda una estrecha relación con el realismo mágico y que sin duda es una obra maestra. Si en Malinche la escritora muestra su postura frente a las costumbres latinoamericanas, la identidad del continente y el poder de la mujer, con Como agua para chocolate no se queda atrás.

La novela publiada en 1989 narra la historia de Tita a través de recetas en el plazo de un año, dividido desde enero hasta diciembre, ambientada en Piedras Negras, Coahuila, México, ante la revolución mexicana y el pueblo oprimido, siendo ella la menor de sus hermanas, teniendo que cumplir la costumbre familiar de que la hija más pequeña no debe casarse; sino que debe hacerse cargo de sus padres hasta la vejez, sin embargo, ésto cambia cuando ella se enamora de Pedro Muzquiz, un hecho inaceptable para su familia, que entre mucho dar, para en un casamiento entre el susodicho y una de las hermanas de nuestra protagonista, Rosaura, cuyo único fin es mantenerse más cerca de Tita.

Todo ésto narrado mediante recetas típicas de la gastronomía mexicana, que se usa como nexo y metáfora de los sentimientos de los personajes, siendo así las cebollas el motivo de sus lágrimas,las codornices la fe, los pétalos de rosa sus pasiones y así sucesivamente, haciendo una fusión entre lo mágico y lo mundano, mediante una gran variedad de temáticas, con la relación que tienen con la obra en sí, intentando demostrar un contexto histórico a través de las costumbres mexicanas y la figura femenina.

Dentro de Como agua para chocolate es interesante ver una comparación entre los roles tradicionales masculinos y femeninos, ya que Esquivel intercambia los roles completamente, mostrando cómo los varones se muestran como seres más débiles que las hembras en la historia, caracterizando personajes típicos de un melodrama, siendo las mujeres las que mandan sobre ellos, especialmente en las cuestiones de la casa, llevando los esquemas patriarcales a una cuestión invertida, siendo las mujeres quienes tienen el poder.

Y mediante la cocina es que tienen este poder. Es así como se interpretan los roles asignados a cada personaje, donde las heroínas poseen un gran poder sobre los hombres que las rodean, tendiendo a reforzar los estereotipos y las imágenes negativas que se han aplicado sobre la mujer a través del tiempo y los diferentes espacios y procesos históricos. Esquivel organiza los espacios femeninos de una manera especial que le permite a algunos personajes salir de los papeles que se le habían impuesto en la época, pues al hablar de cocina, pensamos en un espacio cerrado, donde la mujer es esclavizada, pero donde Tita, nuestra heroína, se encuentra fuerte, segura y poderosa, donde preparar comida la hace sentir bien, mostrando su lado más feroz y cariñoso al mismo tiempo, llevándolas a ocupar lugares exclusivamente masculinos para la época, alejándose de los arquetipos impuestos por la cultura patriarcal que las marca.

La autora a través de distintos personajes, los diversos papeles que tenían las mujeres en esa época de la historia mexicana y latinoamericana. Nos muestra la más fuerte, Mama Elena, que manda, que es dura, rígida, ese símbolo de maltrato, inclusive masculino, al igual que Rosaura, siempre preservando sus tradiciones, como ese símbolo de lo antiguo, de la poca evolución. En un panorama distinto, se nos presenta a Gertrudis, que parece servir como el ejemplo a seguir para Tita, porque toma el control de su vida y sigue su sueño de luchar en la revolución, llevándola a un grado mayor de madurez, pues comienza siendo callada e inocente, aguantando a su madre, y termina como una mujer distinta en todos los aspectos, manteniendo siempre la pasión característica. Así, cada mujer construida por Esquivel, viene a ejemplificar los distintos papeles que cumplía la mujer según su convicción durante la Revolución Mexicana anteriormente explicada.

Es interesante ver como ella revaloriza la comida, oponiéndose a esa figura de la cocina como un lugar opresivo, pues este aparece como un lugar de sabiduría y arte, mientras que la comida instaura un sistema de poder y comunicación. Desde tiempos lejanos, se suele asociar la cocina con la esclavitud de las mujeres. En Como agua para chocolate, se trata de un espacio completamente distinto, y que para Tita significa el mundo, desconociendo el exterior, pues para ella todo comenzaba en la puerta de la cocina, que se asemeja al universo conventual, pues no sólo el arte culinario constituye una fuente de recursos importante para las monjas sino que Tita tampoco puede casarse, obligada a permanecer virgen y encargarse de su madre, así como el encerramiento religioso, cuyo fanatismo es un rasgo netamente latinoamericano.

Además, recordemos que comer es una actividad que nunca nos deja del todo contentos, porque toda saciedad del apetito es siempre provisional, el tener hambre es una acción recurrente día a día, por lo menos tres veces dentro de él, donde sólo una nueva actuación puede crear la ilusión de la satisfacción. Esto se desarrolla íntimamente con la vida de Tita, desarrollada en el eterno vacío de una “mujer destinada a repetirse diariamente durante años” (grupo de mujeres que durante años estuvieron en la oscuridad sumisa de la cocina, vencidas por el rol masculino) y a su vez, reafirma la cocina y el hogar como un espacio sagrado, que se ha ido devaluando con el tiempo, pues gracias a la opresión, se ha convertido en un castigo terrible, quitándole el valor ancestral que tiene. De hecho, Laura Esquivel al recibir el premio como Mujer del año en 1992, dijo que recordaba a su madre y abuela como sabias mujeres, que pasaron toda su vida en una cocina, y que al hacerlo se convirtieron en en “sacerdotisas, grandes alquimistas que jugaban con el agua, el aire, el fuego, la tierra, los cuatro elementos que conforman la razón de ser del universo”, que le transmitían la memoria de la vida, donde recibió numerosas lecciones, que inspiraron a una novela como esta, llena de cultura, simbolismos y lucha femenina.

Así como Laura Esquivel juega con las palabras, le transmite a Tita ese juego que ella hace con los ingredientes y cantidades, obteniendo resultados fenomenales en ambos casos, pues la cocina aparece, al igual que la escritura que posteriormente realiza con su recetario, que a mi parecer juega como un modo de transpaso escritora-personaje, como un espacio de creatividad absoluta, pues las dos artes se relacionan con el concepto del gusto; la gastronomía con la sensación del gusto físico y la literatura como una concepción metafórica del gusto, relacionando así lengua y escritura, teniendo siempre un simbolismo oculto, pues ambas alimentan física y espiritualmente, pues llenan el alma como un arte.

La comida instaura un sistema de comunicación, y la idea de que, gracias a la comida que hace, Tita tiene un poder inconsciente sobre los demás, sobresale, pues además tiene una relación con lo sexual sumamente fuerte, pues además de ser un lenguaje, constituye un punto de partida para despertar el erotistmo. Recuerdo con mucha claridad una de las últimas recetas, donde ella recrea los colores de la bandera mexicana con pimientos verdes, salsa blanca y semillas rojas, simbolizando ese final feliz, esa liberación en pro de seguir sus deseos, que le permite a Tita invertir, a través de algo tan masculino como el sexo y el erotismo, los papeles tradicionales, pues a la hora de comer, se invierte el rol sexual de pareja con las mujeres como el sexo débil, pues el hombre, al sentarse a comer lo hecho por la mujer, se convierte en un ser pasivo, mientras que ella toma el rol activo, entrando en el otro cuerpo por la boca y yendo directamente al estómago (punto débil), pues para Esquivel, cocinar es un “acto amoroso en la medida que te brinda la posibilidad de producir placer a otra persona”.

La figura del rancho también es fundamental en una novela como esta. Está encaramado cerca de un precipicio, protegido por un río, separado del resto del mundo, semejante a una fortaleza, de hecho hay quien lo menciona como un convento que protege la pureza de sus habitantes, donde al final, Tita, tal y como la figura mitológica del Fénix, se suicida con el fuego y permite que sus descendientes tengan acceso a una mejor vida que la suya, aunque las preocupaciones por el bienestar material, parece haber prevalecido después de la revolución.

Esquivel, por lo tanto, rechaza esa lucha que masculiniza a la mujer y defiende una equidad entre ambos sexos y mediante Tita, siempre con un carácter heróico, logra hacer morir una tradición castrante, para no hacerla pasar a una nueva generación, afirmando que las revoluciones más trascendentes son siempre internas. En definitiva, no trata una ideología, ni de luchas colectivas, sino habla de una búsqueda de un lenguaje de mujer, que interroga el lugar de lo femenino en la historia, examinando la relación entre madres e hijas, mujeres y mujeres y entre hombres y mujeres, que trastorna las fronteras entre los sexos, haciendo evolucionar el carácter femenino, para que así, como el agua para chocolate, bien caliente para poder derretirlo, siendo además un elemento relacionado al erotismo y que parte de un modismo mexicano, a partir de ese calor, de ese fuego, de esa agua que hierve, nos elevemos como Tita...


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