La fiesta del Chivo, Mario Vargas Llosa.

jueves, marzo 02, 2017 Mariana Teresa Garcia Escobar 0 Comments



Vivan los libros que descubren la esencia de procesos históricos crudos.

En la narrativa latinoamericana existe una larga lista de novelas que abordan la figura del dictador. Una de ellas es “La fiesta del Chivo”, del peruano Vargas Llosa, que se publicó en el año 2000, cuando yo no tenía ni la más remota idea de que iba a terminar haciendo esto.  Nadie como él ha contribuido al realismo del continente, ha demostrado tanto en sus ensayos como en sus novelas las posibilidades de una estética alejada de la ambigüedad, centrándose en las violentas contradicciones de la realidad humana.

Lo cierto es que nunca me esperé que La fiesta del Chivo me gustara tanto. Lo compré por comprar, no iba buscándolo, mucho menos tenía claro qué me iba a encontrar y terminó fascinándome. Después de él, me hice con La ciudad y los perros y me he propuesto ir leyendo cada una de sus obras con tiempo. Mi abuelo es tan fan como yo de su narrativa y entre los dos nos hemos propuesto construir nuestra biblioteca particular de sus obras, así que en este blog, habrá Vargas Llosa para rato.

Aquí el autor nos habla de la dictadura y el poder de una forma metafórica y universalista, donde cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Nos narra tres relatos paralelos en los que hay dos facetas de la misma historia.

Por un lado, tenemos los 31 años de la dictadura de Rafael Trujillo hasta su muerte y en la otra se muestra la verdadera cara del poder, a través de una historia de ficción que resume la perversión y las consecuencias del poder llevado a los extremos. La intención del narrador parece ser una advertencia sobre lo que es la dictadura y desarrolla un relato con una gran coherencia política y contexto histórico acompañado de un alto conocimiento de la sociedad que las rodeaba, haciendo un recuento histórico de dicha dictadura, con las anécdotas propias de una situación dantesca, como fue la dictadura de la República Dominicana.

Vargas Llosa desacraliza la idea de la realidad como concepto cerrado y definido, pues esta aparece como una lectura que depende del sujeto en su circunstancia particular, en conjunto con la alternancia de voces que se entrecruzan en el texto constituyendo un entramado múltiple de entradas por donde comenzar el camino de la lectura. Así, con las referencias temporales, revive la voz de la historia mediante hechos objetivos y comprobables, creando un marco de verosimilitud entre el tiempo y la historia a partir del cual pueden surgir otras voces con múltiples miradas frente a un mismo hecho, como el poder (concepto) del Chivo (particular).

Las voces narrativas se mezclan, coincidiendo en la reflexión de dicho poder concentrado en la figura de Trujillo. Urania, en este presente lejano de su presencia física, interpreta los hechos desde la distancia del tiempo aunque en su discurso aún se puede sentir el odio y el rencor por todo lo que la rodeaba en aquel entonces, cuando fue víctima del poder. Desde su presente distanciado realiza una interpretación que deja al descubierto los resortes en los que se sostenía el poder, dejando claro la doble realidad que se presenta desde él ante los otros personajes; mostrando, desde la ironía de su discurso, el espectáculo que se mostraba ante la presencia del jefe.

Urania es mi personaje favorito. Símbolo de la pureza ultrajada. Es la hija del doctor Cabral y a través de ella se ven los estragos del poder, mediante sus ojos inteligentes dentro de su mente atormentada. Es presentada como una mujer exitosa, inteligente e inalcanzable, que esconde un cruel secreto que fundamenta el odio a su padre. Su historia se construye a medida en que sus recuerdos van apareciendo. En la conversación que mantiene con su padre, desahoga todo el odio acumulado, cuya fuerza es el reflejo de todo aquello que causa el poder.

Todos estos recuerdos llenos de odio son el preámbulo para llegar a detallar el momento en el que ella es víctima de la dictadura: es echada a los leones, cambiada para obtener la empatía del Chivo (dictador), sacrificada en el nombre del dios “poder”. Su historia es un recuento de los alcances del poder y el daño que este causa cuando alcanza las proporciones narradas en la novela.

Sin duda, su historia da inicio y término a la obra en el mismo espacio, el Hotel Jaragua, 31 años antes y después. Es el eje principal de la narración que nos entrega una perspectiva histórica del pasado de República Dominicana a través de su contemporaneidad, mediante una voz femenina que se revela como un símbolo de lo que fue la mujer durante la dictadura trujillista, resistiéndose al sometimiento del machismo caribeño, llevado al extremo por el Chivo, pues para él el sexo era un símbolo de poder, se su virilidad, siendo la mujer un objeto del que disponía.

Sin embargo, ella no es el único personaje donde la dictadura se muestra como realmente es. En el mismo Trujillo, mesiánico salvador de la patria,  vemos como el poder hace y deshace su voluntad, rompiendo los límites entre lo real y lo ficticio. Ha sido descrito como un “personaje de fábula”, con todos los poderes conferidos a un ser superior, con capacidad para penetrar en la psique del lector y adentrarlo al mundo del poder, la riqueza y la represión propia de un proceso histórico tan delicado como este, demostrando la capacidad de corrupción ética y moral que este tipo de esquemas puede causar, siendo una máquina capaz de trastornar la vida de todos los personajes de la novela.

El mito bíblico del sacrificio del hijo se retoma como un simbolismo muy fuerte en este libro, como prueba de la determinación de la devoción, a favor del fortalecimiento de la virilidad a través de las mujeres, que termina pagando con una especie de karma caribeño, pues gracias a estas atrocidades, es posible asesinar a Trujillo.

Por su parte, Trujillo también muestra una doble lectura de la realidad y deja al descubierto el mundo de máscaras que rodea su dictadura, pues lo sucedido tiene un doble análisis: en lo privado y en lo público. Su poder se construye desde un discurso autoritario que no deja espacio a la intervención de otras voces, adquiriendo un rasgo incuestionable. Así, desde su mirada, la realidad no presente puntos de vista más allá de ser aliados o enemigos. Trujillo se media según el poder cerrado y toda su vida y discurso muestra un poder reconcentrado en el que se ve la debilidad de su gobierno. Su pensamiento se encierra en traición o fidelidad, sin darse cuenta de que el poder está muerto en esa centralidad que proclama. Su idea sobre el poder viene ligada a su pensamiento arcaico, como “palabra sagrada”, que responde a un pensamiento estático, como un modo de acceder a la comprensión del mundo que los rodea y los constituye como mitos y símbolos, que aumenta su poder, ya que era visto como único e insustituible por designios divinos, en los que él mismo termina creyendo, cayendo en ese pensamiento mágico. La idea del poder interpretado como proveniente de un ser superior, de carácter indelegable, se refuerza por una serie de mitos que lo rodean, sobre su potencialidad sexual, su omnipresencia, que sacralizan su figura y lo fortalecen porque lo ubican por encima de otros hombres, aunque él mismo, en su conciencia, se ríe de ellas.

A este llamado “pensamiento mágico” por los grandes críticos, se le une la serie de de rituales a los que Trujillo está sujeto, hasta el punto de creer en los malos augurios. Él mismo cae en ese modo de pensamiento creado para el pueblo, haciendo un doble movimiento que paraliza el pensamiento y mantiene al poder centrado y detenido en el creador de la estrategia que, casualmente, cae en ella. De esta manera, sus manías repetitivas confirman su necesidad de tener el control sobre los sucesos como un modo de seguir creyendo en el control sobre las cosas, mientras que más se aferra a ellos, más cerca está su caída, porque revelan su pérdida de poder, que se ha tornado endeble, pues el mismo lo propició y termina creyendo.

El poder se torna como un juego para mostrar que es una fuerza variable sujeta a su designio, en el que todos caen, como títeres a cuyo artífice temen, pero adhieren para recibir las sobras del poder. Y la idea de la realidad unida al poder como una ficción relaciona a la palabra como constructora de dicha realidad, por ello, cuando desaparece Trujillo, desaparece el poder del resto de los personajes, que se funda en una ficción.

Esto nos lleva a su incapacidad de interpretar su propio poder como una construcción de la que dependen toras fuerzas variables superiores a la propia, con la incapacidad de vivir con la conciencia de estar sujeto a un juego.


La dualidad entre su temeridad y el temor por perder la hombría, se traducía en ese voraz anhelo de posesión sexual, mostrando lo que la historia ha callado: la crueldad e inhumanidad que fue capaz de cometer el dictador, con plena conciencia de su crueldad y Urania es capaz de sobrevivir a esta tragedia, aunque nunca es capaz de sanar (tal y como Quirón). Y aunque se convierte en una mujer exitosa, esto no es más que una manera de  ocultar su angustia, su vacío interior, eco del dolor y el sufrimiento de aquel momento.

Hoy en día hay mujeres marcadas con este estigma, que dentro de millones de personas no tienen un nombre, pero que Vargas Llosa eternizó para evitar que se repita, convirtiendo a la literatura en una memoria necesaria para recordar lo que no debe ser olvidado y transmitir las enseñanzas de las atrocidades cometidas, que deben ser revisadas y analizadas parra poder escapar del laberinto en el que nos encontramos sumidos.
Y no puedo dejar de lado a los conspiradores, llenos de valentía, capaces de sacrificarlo todo para acabar con el yugo de Trujillo; a través de tres décadas, pues se puede hacer un recorrido en esos breves minutos antes de perpetrar el atentado contra él desde 1931 hasta su muerte en 1961, mostrando como la vida de miles de personas se vio afectada por un solo hombre, a través de dos presentes narrativos, los hechos ocurridos en torno a la “noche tibia y estrellada del 30 de mayo de 1961” y la visita de Urania a su familia, para ver a su padre y hablarles de lo que ocurrió dos semanas antes de la muerte de El Chivo, donde quedó sellada la unión entre ella, su padre y dicho personaje.

Los conspiradores representan al grupo que perteneció en algún momento al Chivo, que en un primer momento se presentan como víctimas y luego como los que dejan al descubierto las leyes del juego, puesto que cuando logran romper la sacralidad del mito, utilizan la construcción de la realidad para desentrañar cómo pueden desarticular su poder. Al quitar las reglas con las que el dictador construye y sostiene su poder, se debilita, pues demuestra que el poder absoluto no existe. Balaguer está dentro del juego de máscaras y en plena conciencia de estar construyendo ficciones que se acomodan a las necesidades de quien lo observa, siendo capaz de ver que hay más allá de su palabra, con la adaptación inmediata al cambio y la estrategia del movimiento constante que lo única con la máscara más conveniente.

Para ir cerrando este punto, es importante decir que Urania utiliza los mismos nombres para Trujillo que permanecen en su memoria del pasado, reconstruye los hechos a través de los calificadores que utilizaba, pero a través de un tono irónico que da el efecto de otra lectura de la figura del chivo, mostrando la otra cara del poder del dictador, sino también como quita al eje que ha marcado su vida y que tuvo poder sobre ella por tanto tiempo. El ejercicio de la palabra que realiza es fundamental porque, como inicio y fin de la obra, deja en evidencia las ficciones, paradojas y entramados que tejieron el círculo de poder de Trujillo y del que se ha hecho experta en la necesidad de comprender a su padre, hasta caer en cuenta de que ella ha sido parte de esos juegos.

Para plasmar en el texto la peculiar sensibilidad que cargaba a la sociedad durante la dictadura trujillista, era necesario subvertir la historia en su rigidez normativa y sacarla de su asepsia para llenarla de libertad, pues de otro modo, no podíamos comprender las atrocidades y arbitrariedades cometidas por un personaje como Trujillo, que tiene en sus manos el destino de millones de personas y mediante la ficción, pone en evidencia su carácter complejo, sus contradicciones y credibilidad.

Ficción y realidad avanzan en conjunto dentro de un escenario cargado de tensión y degradación moral y ética, construyendo una novela sobre el dictador y lo que acarrea, su poder y su alcance. La novela se va construyendo a través de monólogos, diálogos y recuerdos, para cubrir los 31 años que duró este proceso y las distintas crisis personales y políticas por las que atraviesan los personajes que se mueven en tres grupos estrechamente relacionados, pues el narrador prepara con una extraordinaria habilidad todas las estrategias posibles que necesita llevar para tener un acelerado desencadenamiento de hechos que alteran dramáticamente el ritmo narrativo.

En la  primera parte dominan las intrigas, la tensa espera de los conspiradores. Luego, hay escenas conmovedoras, llenas de sufrimiento humano, así como escenas grotescas, evocaciones, sueños y engaños sutilmente dispuestos. El lector se familiariza con cada uno de los personajes y con la compleja relación entre todos ellos, mediante los hechos históricos que definen a República Dominicana durante el trujillismo, dentro de la interpretación de un mismo hecho que varía de acuerdo con el tiempo psicológico y cronológico de su lectura.

El título lo sacó de un merengue dominicano que se cantó repetidas veces después de la muerte del dictador, que evoca a la voz del pueblo que destaca la celebración de su muerte, utilizándolo como refererencia a la "fiesta" a la que Urania asiste y que marca el destino de su vida,  a través de una novela fragmentada que transita entre el pasado y el presente, con saltos sutiles entre ellos y perfectamente enhebrados, con un narrador en segunda persona que funciona como una especie de conciencia de los personajes.

Y efectivamente la novela se mueve empujada por la violencia, la ambición del poder, la visión mesiánica del benefactor, como padre de la patria nueva, por las oleadas de lujuria dentro de un cuerpo humillado por la edad, por la mancha que denuncia su incontinencia y por la humillante impotencia que lleva la Urania en su odio. Una acumulación de obsesiones que llevan a la muerte anunciada del dictador y constantemente negada. Hasta que llega la destrucción.
Vargas Llosa construye un contrapunto sumamente eficaz que ha ido estableciendo relaciones sutiles entre los distintos acontecimientos para enriquecer a los personajes e iluminar un amplio y complejo continente, con pragmatismo expresivo, intensidad, vitalidad, claridad y sobre todo, un gran “crescendo narrativo” lleno de tensiones, para llegar a lo más hondo de la abyección y la dignidad.

El abordaje que hace de la vida de Trujillo nos permite dimensionar el horror de dicho proceso. Darnos cuenta de las atrocidades que se cometieron, del ejercicio arbitrario del poder, de la pérdida del sentido de la realidad, de la enfermedad que el poder produce en algunos,  de lo que supone ver a un tirano como un Dios y el valor de quienes arriesgan su vida para cambiar el estado de las cosas y recuperar su dignidad.

La novela es, entonces, una obra realista, más que un retrato histórico o una historia novelada. En ella hay un profundo cuestionamiento en torno al poder, sobre los límites a los que puede llegar un hombre que acumula una fuerza incontrolable y una sociedad que lo permite, entrecruzando ficción, política y memoria, convirtiendo a “La fiesta del Chivo” en una obra que seduce por la técnica utilizada para narrar unos acontecimientos tan creíbles que superan la ficción, que a veces puede parecernos lejana, pero que sigue estando (sobre todo en Venezuela) muy presente en nuestra memoria colectiva.

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