El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez.

jueves, marzo 09, 2017 Mariana Teresa Garcia Escobar 0 Comments


Vivan esas novelas complicadas que requieren de un lector al 100%.

El mismo García Márquez definía a El otoño del patriarca como la novela que siempre quiso escribir, así como la que más contiene rasgos autobiográficos. Lo cierto es que a mi me costó un mundo leerla, luego de que mi abuelo me la regalara con el fin de escuchar mi opinión batallé para llegar al final; a mi parecer es una obra compleja, me atrevo decir que la más difícil del autor, pues partiendo de la experiencia personal y tras tener un buen número de obras suyas terminadas, El otoño del patriarca constituye su trabajo más fuerte y sin duda, uno de los mejores.

Si quieres empezar con el autor, con el género, con el país, con el continente o cualquier cosa que se le parezca, El otoño del patriarca no es la novela ideal para ello porque te va a desencantar. Para hacerse con ella es requerida una cierta experiencia con la prosa y el estilo del autor, tan cargado de símbolos y con un tiempo y escenarios tan confusos. Esta suele ser una de las obras que más se trabaja y sin embargo hay muy pero muy poco material de ella en Internet como para orientarse. Sinceramente, en esta oportunidad trataré de hacer las cosas lo más claras posibles, primero porque el libro se lo merece e Internet no le ha dado la atención necesaria para ello y segundo porque el señor que me regaló este libro me mata si no le hago la justicia necesaria (de algo me tiene que servir que viva diciéndome que tengo cara de intelectual).

Es necesario comenzar hablando del argumento que se me hace difícil resumir. García Márquez nos presenta el ocaso de un dictador despótico, ligado al relato de sus repetidas muertes aparentes. Cambiando constantemente aunque siempre parece ser la misma, la señora con guadaña y capucha negra termina por alcanzarlo de forma inesperada e inevitable, poniéndole fin a su vasto reino de pesadumbre; representando la idealización de los dictadores de América Latina, dentro de esa región mágica que le “enseñó a ver el mundo de otra manera, a aceptar los elementos sobrenaturales como algo que forma parte de nuestra vida cotidiana”, con un espacio donde la magia y lo sobrenatural presiden el espacio mítico donde se desarrolla la trama, estando sumamente ligados a la figura del cruel dictador que adquiere rasgos carnavalescos.

García Márquez destruye los límites y como consecuencia, los espacios se funden en una transformación constante que recuerda al fluir de la propia vida, que es sumamente relevante para entender la figura del patriarca, pues este no pertenece al tiempo de la historia y de la razón, sino a uno mítico, cargado de leyendas, donde lo humano, lo animal y lo vegetal se une para configurar lo que múltiples críticos han denominado una “realidad mítica”, en la que se esconde una compleja meditación sobre el poder absoluto de un dictador opresor capaz de hacer cualquier cosa para conservarlo.

El patriarca es un ser lleno de augurios, gobernado por ellos, que vive con la sombra de una muerte anticipada, anunciada. Su poder es absoluto y su autoridad incuestionable, pues su legitimidad viene dada por sus poderes extraordinarios, que hacen de su figura un mesías para el pueblo, ya que no parte de la instauración de un cuerpo de leyes, ni por el peso histórico de la tradición, sino por su entrega al heroísmo y la ejemplaridad a las ordenaciones creadas por él, pues para su gente él es el único que “conoce el tamaño real de nuestro destino” y tal es su poder que, tal y como dice la novela, “alguna vez preguntó qué horas son y le habían contestado las que usted ordene mi general”, usando dicha facultad de forma cruel, movido por sus instintos e intereses, siendo inmisericorde con lo que lo rodea.

Su carisma como elemento básico en los líderes de la época en América Latina, va ligado con un afianzamiento del poder, motivado por una necesidad de legitimidad, y va de la mano con el momento originario de dominación política, que necesita de una tradicionalización para poder seguir existiendo, que el consigue con el uso de la fuerza. Así pues, tanto en el espacio real como en el novelesco, encontramos el uso de todas las fuerzas represoras para el mantenimiento del poder, construyendo un sólido relato de la realidad dentro de la historia de América Latina a través de la figura del dictador poderoso y criminal.

Ya en el esplendor de su régimen, no se encuentra sostenido ni por la esperanza ni por el terror, sino por la “pura inercia de una desilusión antigua e irreparable”, pues la fe en sus capacidades extraordinarias perdura, pero su imagen mesiánica va desapareciendo progresivamente, ya que en sus últimos años de dictadura ya solo queda lo que llaman “inercia política” de sus incontables años de gobierno, un tiempo mítico que comienza con el descubrimiento de América y aparentemente no tiene un final, pues se afirma que tuvo una edad indefinida entre los 107 y los 232 años, su gobierno parece ir mucho más allá del tiempo, y su poder ostenta cuando, desde su palacio presidencial un “histórico viernes de octubre” fue testigo de la llegada de nada más y nada menos de Colón, dentro de su poder, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos de su pueblo, donde se confunden el pasado y el presente, desde la ventana de su palacio, donde ve unirse dos épocas de su gobierno: la conquista española y el imperialismo contemporáneo, representado por las tres carabelas.



Patricio y el Patriarca funcionan como un solo personaje que se desdobla a nivel narrativo y por ello, al morir uno el otro se debilita y constituye una de las tantas muertes del patriarca, La relación entre estos dos personajes es importantísima y bastante rara, pues Patricio funciona como el doble del patriarca que se hacía pasar por él y que al tenerlo al frente padeció de “la humillación de verse a sí mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo”, contratándolo para apaciguar sus temores y paranoias, porque lo “inquietó la ilusión de que las cifras de su propio destino estuvieran escritas en la mano del impostor”. Ambos compartieron amantes, hijos, derrotas y fracasos y funcionan como un reflejo y a la vez un némesis uno del otro, pues representan el poder detrás del poder y la máscara que oculta a otra, terminando con la gloriosa frase que narra que “yo soy el hombre que más lástima le tiene en este mundo porque soy el único que me parezco a usted”.


Evidentemente estamos ante una historia circular, con repetidos acontecimientos, donde la evolución, paradójicamente, es claramente notable, pues comienza siendo un mesías legendario, avanza siendo un tirano cruel y déspota y termina siendo un anciano agotado y solitario, con el cargo guindando, pues termina quedándole grande, como le dice a su madre, “madre mía (…) si supieras que ya no puedo con el mundo, que quisiera largarme no sé dónde, lejos”, perdiendo ese carisma característico que solo deja espacio para el terror y en última instancia, dejar seguir la propia inercia del poder, que viene desencadenada por la muerte de su mujer e hijo, pues es ahí cuando se vuelve más solitario y sanguinario, convirtiendo ese ambiente paradisíaco en un mundo de pesadilla, siendo una figura legendaria que se sitúa más allá de la realidad, pues lejos de representar un gobierno que se mueve con arreglo a fines racionales, es un poder que se mueve por la crueldad que al parecer no tiene límites, llegando, incluso, a vender el Mar Caribe, con el objetivo de “saciar hasta más allá de todo su límite su pasión irreprimible de perdurar”.



Así pues, El otoño del patriarca se compone como un complejo monólogo colectivo, formando un laberinto, en medio del fluir de puntos de vista distintos entre el pasado y el presente, con un narrador que descubre el cuerpo muerto del patriarca y que sale a festejar su muerte, siendo un sujeto colectivo, es decir, un nosotros, que se identifica con el pueblo sometido, en contraposición a la figura solitaria del patriarca. Este nosotros constituye a la América Latina misma, al conjunto del pueblos sometidos durante años y años, con la influencia de las potencias extranjeras, que dan la sensación que bien se expresa en la obra, que dice que “ Todo el mundo dice que usted no es presidente de nadie ni está en el trono por sus cojones sino que lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado”.

Pero no es sólo la realidad histórica latinoamericana, sino también una América de leyendas, de mitos, donde se mezclan lo real y la magia, donde un pueblo sueña con un dictador implacable, que agota su existencia como una bestia solitaria, o sea, una América Latina tradicionalista, con desespero de modernidad, desgarrada por alucinaciones que figuran como realidades, movida por impulsos que sin cesar cuestionan la realidad, haciendo una novela que es un juego de máscaras y detrás de cada máscara de la muerte del patriarca, se oculta otra, pues “siempre había otra verdad detrás de la verdad”, repitiendo un ciclo interminable, ya que es el patriarca el primero en construir su propio mito, al alterar su supuesto cadáver para configurar una leyenda que lo menciona, mitificando su figura, donde el pueblo juega un papel esencial, pues lo sostiene y amplifica.

La vida es concebida como un proceso ambivalente de muerte y nacimiento. Un ciclo de muerte y nuevo comienzo, que le da al tiempo mítico la eternidad de la novela. El patriarca muere y renace repetidas veces, sin embargo, la muerte real termina por atraparlo, rompiendo ese círculo que venía llevando como “si se supiera predestinado a no morirse jamás”, pero él no es más que un hombre y, por más alto que esté, no puede vivir para siempre, y es en su muerte cuando es consciente del vacío que hay en el fondo de su poder, que representa el desvelamiento de la ilusión anticipada a lo largo de la obra.

Su vida se basa en una mentira que él mismo construyó y aprendió a olvidar, con la incapacidad dentro de su vida, sustentada en una máscara y cuestiona constantemente su propia identidad, dejando en claro que la vida está del lado del pueblo y no del poder, ya que él se resume en un tirano de burlas, que nunca supo quién era y en qué consiste vivir, condenado, a pesar de todo lo hecho, a morir como un ser humano corriente.
La magia de esa eternidad tan perseguida dura, finalmente, lo que dura un instante, y al evaporarse deja al descubierto la verdadera vida, “ esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra, general”, en ese tiempo cíclico de la eternidad, marcado por la repetición de las muertes, cuya verdadera es el fin de la dictadura y de ese ciclo que se repite sin parar, dejando así paso al tiempo histórico de su pueblo.

Una obra que no sólo muestra a un gobernante déspota, sino a ese pueblo latinoamericano que padece a ese dictador pragmático, que desde su centro de poder, hace uso de este e impone a su pueblo un “cronotopo mítico”, caracterizado por la circularidad temporal, que se derrumba al encontrar su cadáver, dando paso al despertar del “letargo de siglos”, celebrando la muerte del dictador, con campanas y bailes, ya que viene un nuevo tiempo, pues no se detienen procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza, ya que la historia es nuestra y la hacen los pueblo.



La historia latinoamericana está marcada por la presencia de las dictaduras. Una vez acallada la resistencia indígena, el poder impuesto escribe gran parte de la historia que hoy en día conocemos, que sintetiza una buena parte de nuestra identidad, en una tierra rodeada de albores míticos, tradicionalistas y costumbristas.

Además, un gran número de dictadores (por no decir que todos) vienen ligados al poder militar que conviven en el “ápice de una pirámide social injusta, avasallada por el rumor de las armas y el tropel de los caballos”, ligado a lo que García Márquez definía como “una representación cifrada de la realidad, una especie de adivinanza del mundo (…) La vida cotidiana en América Latina nos demuestra que la realidad está llena de cosas extraordinarias”.

Es curioso ver la relación que hay entre El otoño del patriarca, El Coronel no tiene quien le escriba y El General en su laberinto, pues todos alegorizan esos “días de gloria” y sintetizan un proceso histórico ligado con la ficción que parece tener una relación implícita; encubriendo siempre una verdad no contada, abriendo la posibilidad desde la perspectiva para una interpretación no explícita, pues introduce a dichas figuras con sus memorias más allá de lo que ha dicho la historia, cosa que grandes críticos han definido como que las cosas deben morir para vivir eternamente y yo le agrego que todo eso ocurre dentro de un terreno de conflictos, sufrimiento, soledad y muerte, ligados con un hecho estético y lleno de figuras míticas. 

Las tres novelas encierran un hecho coincidente; recordemos que todas inician al amanecer en un estado deplorable a través de los albores del día: el coronel en la cocina raspando el recipiente de café, el General Bolívar en un baño depurativo y la invasión de gallinazos en la casa del patriarca., apropiándose de una conciencia histórica diluida con el tiempo, que es definido como "el correlato indispensable de la función fundadora del sujeto : la garantía de que todo cuanto le ha escapado podrá serle devuelto ; la certidumbre de que el tiempo no dispensará nada sin restituirlo en una unidad recompuesta ; la promesa de que el sujeto podrá un día -bajo la forma de conciencia histórica- apropiarse nuevamente todas esas cosas mantenidas lejanas por la diferencia, restaurará su poderío sobre ellas y encontrará lo que muy bien puede llamarse su morada".

García Márquez se apodera de los seres sin destinatario, olvidados por la historia y condenados a la soledad y por ende, al exilio de la memoria y a su presencia dentro de la literatura, conformando seres universalizados (sin nombres reales) que alegorizan los arquetipos que identifican parte de nuestro continente (Coronel. General y Patriarca), buscando revelar una historia continental no contada, pero alegorizada, insinuada y escrita con la emoción de la visión cósmica que alimenta el hecho literario como mundo posible, que guarda dentro de sí una memoria obligatoria para conocer el pensamiento político latinoamericano, lleno de revelaciones mágicas de supersticiones e intermitencias.


Reconstruye la historia partiendo de los escombros, volviendo a ser hombre luego de ser Patriarca, General o Coronel, mostrando una constante lucha contra la muerte y el olvido y condenados a contar el mundo a través de terceros, deambulando por un espacio irremediable que los lleva a la derrota en contraposición a una realidad literaria alterna a quien les condena, que les permite escindir una realidad real para construir un mundo donde todo es posible, siendo el lenguaje una “embajada del ser”.

Otro símbolo que me gusta creer que tiene relación con las tres novelas es el mar como imposibilidad; pues los tres personajes principales se ven impedidos de alcanzar sus propósitos o deseos a través de él. El Coronel lo tiene como agente mediador entre su persona y las noticias para recibir su pensión, el General lo ve como el punto de salida de un país donde todos están en su contra y el Patriarca vive a orillas de él, quiere venderlo y lo ve como algo que lo defiende ante los asechos.

En este mismo orden de ideas, tenemos la figura de la madre como fuente de todo reinado y dominio que descansa sobre ella, porque aunque son ellos los que tienen el centro del poder, tienen a la mujer como el ente primordial que posee el misterio que revela en su hijo, esposo o amante. El Coronel obedece a los planteamientos de su mujer, El General actúa según las decisiones que Manuelita le aconseja y el Patriarca lo ve en su madre, a  través de un símbolo y una metáfora queriendo ver a su madre como una santa.

El agua, desligada del mar, es un ingrediente común, que el autor usa para insertar dentro de los textos la unión universal de “las virtudes, fons et origo, que se hallan en la precedencia de toda forma o creación. La inmersión en las aguas significa el retorno a lo preformal, con su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento y nueva circulación, pues la inmersión multiplica el potencial de la vida", otorgándole una especie de solidez a la tierra, bien sea en la interminable lluvia que acompaña al Coronel, los baños de salud que toma el General o los mañaneros del patriarca,  trabajando como mediadora entre la vida y la muerte como perspectiva dual de la creación y destrucción en que se mueve el mundo novelesco.

Los personajes van perdiendo su identidad, constituyendo una desacralización a través de objetos y espacios que se toman como sagrados, que son símbolo de una época y momento, donde no importa el rostro del dictador sino los símbolos a través de los cuales los conocemos, pues nos permite crear un universo arquetípico de un personaje o espacio, humanizando al personaje o ubicándolo cercano a la muerte, limitándolo física y espiritualmente poniéndolo en un estado decrépito, atentando contra los símbolos de grandeza.

En resumen, García Márquez desdobla la historia en una llena de ficción, mediante la figura típica de la novela moderna del antihéroe para así interpretar toda la idiosincrasia de un continente que se formó bajo el apareo de la opresión, en conjunto con el paso de la historia hacia la modernidad, a través de anécdotas y un sentir colectivo que interpreta todo un sistema de alegorías latinoamericanas, hablando de tantas historias del continente diluidas en la inmensidad territorial y agotadas en el ocaso del poder.

El otoño del patriarca es, en definitiva, una novela magnífica que no pueden dejar de leer, porque relata de una manera sublime la figura del dictador tan cíclica y repetitiva en latinoamérica, que me recuerda, en mi condición como venezolana, al “comandante eterno”, que ha muerto y que siguen nombrando con el fin de mantener esa figura mítica arruinada con los años. Lo cierto es que podría hacer una entrada entera de la vigencia de esta obra en conjunto con otras que guardan ciertas similitudes y que están más presentes que nunca en la situación actual del continente y, sobretodo, de mi querido país. Una obra magnífica que recomiendo muchísimo, pues retrata un pedacito de nuestra eterna condición sin definición que es el ser latinoamericano.

Nota: En este link https://repository.eafit.edu.co/xmlui/bitstream/handle/10784/1345/HenaoSierra_DianaMaria_2013.pdf?sequence=1&isAllowed=y hay un trabajo muy interesante sobre la simbología del número tres. Hay algunos puntos que se relacionan con cosas que ha explicado en otras reseñas, entonces para no hacer esta entrada más larga, les dejo ese trabajo bien hecho ahí, para que revisen una de las pocas cosas acertadas que hay de este libro en la web, que además tiene muchas referencias a la historia y otras obras.



0 comentarios: