Xavier Velasco,
escorpión con ascendente acuario, hijo único de un virgo y una tauro, alumno
problemático, narrador a hurtadillas, íntimo de diversos Cuadrúpedos, creció en
la ciudad de México al lado de pacientes y sucesivos afganos. Descubrió a los
nueve años el juego de escribir, como quien da con una salida de emergencia;
desde entonces lo juega con fruición de tahúr y hasta hoy sigue creyendo que la
vida de un narrador vale sólo para ponerla en juego. Me quedan pocos
libros suyos por leer, y se
ha convertido en uno de mis autores favoritos y con Puedo explicarlo todo se
reafirma como una de las voces más fuertes de la literatura latinoamericana del
siglo XXI.

Su uso del lenguaje parece un personaje en sí
mismo. Juega con palabras rápidas e inteligentes,
que le permiten desarrollar personajes cotidianos, parecidos a nosotros y,
curiosamente insalvables, para engancharnos desde la primera página. Sin duda
alguna, ambas cosas son su punto fuerte, ya que con esa narrativa tan
desenfrenada desarrolla personajes completos, complejos y entrañables, que dan
la sensación de conocerlos de toda la vida. Al punto que yo sería feliz con una
hija como Dalila y con uno cómplice como Filogonio.
Velasco, además, se burla en nuestras caras
de la manera más cínica posible y consigue engañar a más de uno. Ridiculiza a
los libros de autoayuda y concluye que sus lectores alaban todo aquello que lee
sólo porque está impreso y se considera un libro. Así, casi sin quererlo,
escribe mal páginas y páginas y deja a entre ver que no todos son capaces de
ver lo malas que son, aunque estén escritas por un autor que te guste, que sea
considerado bueno y que está poniendo eso ahí, a propósito, para demostrártelo.
No es un libro sencillo, tampoco es corto.
Roza las 800 páginas y tampoco es que pueda leerse de un tirón. Eso que él
llama discursos de autoprejuicio ahondan en los demonios que acarrean al lector
y provoca que salgan, que te molesten y que te den justo en la conciencia, en
la culpa, generando ese inevitable vértigo de la fatalidad. Es, en definitiva,
una obra que muestra la maestría literaria que caracteriza a Velasco, pues a lo
largo de este libro desarrolla todo poco a poco, sin prisas, de manera
desordenada, saltando de un lado para otro, y aún así consigue cerrar con un
magistral final, sin dejar cabos sueltos. Así, nos mete dentro de ella, dejando
jeroglíficos que resolver y que conducen a un conejo que pone a todo en su
sitio. Un libro maravilloso.
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