

Son textos independientes, pero en ocasiones
los temas y anécdotas individuales parecen un ciclo, con personajes que se
repiten, se aluden, se mencionan y comparten la personalidad del narrador, que
es el propio Villoro, mostrándose ridículo, humilde, simpático, comunicativo y
como dador de voz a los textos. Maneja un ingenio envidiable, con un humor
ligero, pero contundente.
Según el mexicano, surgió de “de la tensión entre los desastres nacionales, los desastres de la modernidad y las posibilidades de tolerarnos” y hacer literatura significa “imaginar un destino para lo que desaparece y buscar [los cuentos] en la vida que pasa como un rumor de fondo, un sobrante de la experiencia que no siempre se advierte”. Con una escritura franca y feliz, encuentra las palabras justas para escribir inspirado en una realidad hilarante.
Ve a la realidad como
ficción y a la ficción como realidad a través de familiares, amigos y desconocidos
que toma como personajes y que plantean un registro de esa parte de la vida
cotidiana que dejamos pasar, sin darle demasiada importancia, ya que “existen
cosas más importantes” que definen nuestra época.En un mundo vertiginoso, donde
no se ha terminado de asimilar una noticia cuando ya hay otra que ocupa su
lugar, lo urgente desplaza lo importante, dejando de lado las pequeñas
historias, lo pequeño de lo cotidiano, que se desvanece en el tiempo, entre
visitas del Papa, terremotos y asesinatos, que dejan eso en el olvido.
En definitiva,
Villoro ha construido una absoluta maravilla.
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